domingo, 20 de octubre de 2013

Parques de atracciones - NO, gracias

La semana pasada se me ocurrió un plan genial para el sábado. Irnos con unos amigos y sus hijas al Parque Warner en Madrid. 

Ya os aviso que si después de leer esta entrada os quedan ganas de ir debéis preparar muuuucho dinerito. 

Como vivo ajena al mundanal ruido no me había enterado de que el sábado 12 de octubre era fiesta nacional, y claro, media España tuvo la genial idea de copiar mi plan para ese día. Después de superar la caravana de coches que conducía al parking, pagar los 9 euros exigidos por acceder y dar veinte vueltas para encontrar una plaza libre, accedimos al recinto.

Dos entradas de adulto y una de niño = 87€.
Esta inversión te da acceso a todas las colas del parque. Una media de 90 minutos por atracción, lo cual es divertido y llevadero con niños de 4 a 7 años que se sientan y esperan pacientemente. Ay, perdón, que esos niños no existen. Pues eso, un infierno
Niños que se pegan con los de delante, que pellizcan a los de detrás, que tienen sueño, que tienen sed, que quieren brazos, que tienen ganas de orinar justo cuando vas a acceder a la atracción (y te toca deshacer el camino a mil por hora ante la mirada estupefacta del resto de la gente), ¡que se ponen insufribles!.

Según llegamos y vimos el panorama empezamos a buscar atracciones poco saturadas y, ¡oh! ¡sorpresa!, no las encontramos. 
Los papás/mamás más listos, dando ejemplo a sus vástagos de como actuar, se dedicaban a colarse en cuanto veían la ocasión, con la consecuente riña entre adultos, mientras  el resto se limitaba a esperar su turno con resignación.

El acceso a las atracciones está diseñado por mentes retorcidas. Tú te asomas y ves treinta personas delante de una puerta y piensas - qué suerte, aquí hay poca gente esperando, vamos para dentro. 
Cuando cruzas el umbral de la puerta te encuentras en una sala con un caminito que va y viene cuatro veces y limitado por un pasamanos de hierro, y al fondo otra sala. Entonces piensas - bueno, esta sala y luego llegamos. 

Tres salas iguales después tus nervios están crispados, como los de los otros 500 adultos que tratan de llegar a no saben dónde, para montar en no saben qué, con sus desquiciados hij@s.
90 minutos después accedes a un cochecito que tarda exactamente 3 minutos en completar un circuito en el que solo encuentras fotos pintadas en colores brillantes de Scooby Doo y sus amigos. 
Lo mejor del caso es la ingenuidad y el corazón agradecido de los niños, que salen encantados y convencidos de que aquella agónica espera mereció la pena.

Cuando llegó la hora de comer buscamos uno de los múltiples restaurantes de comida ultra rápida. Porque para quienes no lo sepáis "queda terminantemente prohibido introducir alimentos en el parque". Una medida solidaria con la economía familiar actual y con el apetito voraz y constante de los pequeños. 
Resumiendo, 10 € menú infantil de macarrones, patatas y 3 croquetas, y 15 € el de adultos (ensalada y pollo asado). 

De vuelta a la actividad tras la "opípara" comida nos entusiasmamos al encontrar una atracción sin colas. Cero personas esperando para montarse. 
Lejos de preguntarnos a que se debería esa rara situación decidimos enviar a los tres niñ@s con el padre de la fiera, único voluntario para tamaña aventura. Sin apenas presión aceptó mi sutil sugerencia: - anda ve tú, hombre no seas así, piensa en los niños. No seas rancio. Ve, que ya verás que divertido, que los pobres no se han podido montar en nada. Aprovecha que no hay gente.

¿Es necesario que os diga que se trataba de una atracción acuática o ya lo habíais sospechado?


Cinco minutos después la barca del Oso Yogui nos devolvió cuatro seres acuáticos, que no tenían seco ni un poro de su cuerpo. Chorreando agua de cabeza a pies, como quien se cae vestido en una piscina, salieron los cuatro desdichados, que no sabían si reír o llorar. 

Yo reí, reí mucho. Con esa risa nerviosa de "madre mía qué hago ahora con estos dos empapados. Mañana pulmonía asegurada". 


Mensaje a futuras generaciones: "sed creativos y tened ideas innovadoras" (si no sirven para nada no os desanimeis). Esto os lo digo porque un ingeniero iluminado tuvo el acierto de colocar a la salida de la atracción una cápsula que es un secador gigante. Al módico precio de 2€ - 5 minutos te promete salir igual de seco que entraste. 
Como tenemos fe en la humanidad metimos al papá de la fiera y a los tres niñ@s. 15 minutos después y 6 euros más pobres abandonamos la cápsula de no secado ultra rápido tan mojados como la habíamos encontrado, y ante la mirada desesperada de otra familia de incautos que había sucumbido a la única atracción sin esperas.
 
Mi amiga, mujer sensata y madre abnegada, llevaba una muda de cambio para sus hijas. 
Yo NO. 
Mi amiga puso braguitas, pantalón y camiseta secas a sus hijas. Yo desnudé al mío y usé mi chaqueta de punto para improvisar unos pantalones, y a modo de calcetines unas bolsas de plástico, porque las zapatillas deportivas estaban encharcadas. 

Lo bueno del caso, mi hijo está acostumbrado al desastre de su madre que nunca le lleva muda cuando sale de casa. Consecuencia, no le importa exhibirse medio desnudo entre miles de personas. 

Moraleja: cuando vayáis a un parque de atracciones llevad siempre ropa de cambio y mucho dinero. Ah, si es posible id un día no festivo y entre semana. 


                             

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